Ricardo “Capi” Moreira: historia de una vida de militancia
Ricardo “Capi” Moreira fue reconocido por sus 30 años de militancia, el pasado martes 28 de abril.
Influencia familiar.
Ricardo “Capi” Moreira nació en la provincia de Mendoza, en el Barrio San Martín. Su padre era sindicalista y trabajaba en Fiat, donde también militaba. Vinieron a Buenos Aires a los monoblocks de Warnes en 1957. Allí su padre siguió militando dentro del sindicalismo en Fiat, hasta que muere, de viejo, pero con notorias secuelas de las golpizas que había sufrido en los actos a los que asistía.
Luego del fallecimiento de su padre, Capi va a vivir con su madre a la Villa Carlos Gardel con sus cuatro hermanos. Ya tenía conocimiento en política por lo que su papá le había inculcado. En el año 1968 empezó a militar para la Juventud Peronista, a la temprana edad de 16 años. A los 17 años de edad entró a la Resistencia Peronista en Morón, donde también militaban Albán Medina, Firmenich, Vaca Narvaja y Santucho.
Junto al resto del grupo de militantes, en la Villa Carlos Gardel, luchaban pidiendo colaboraciones para la gente o por medio de Nación. El objetivo era llevar alimentos para la villa, el Fuerte Apache, Ciudad Oculta y la Villa de Retiro.
El secuestro.
El recuerdo más doloroso es cuando, a sus 21 años, lo secuestran. Un sábado, los militantes se juntaban para un asado, Diego Jorge, uno de los compañeros de Capi llevaba consigo un papel con los documentos, direcciones y otros datos de los 18 militantes de la Villa Carlos Gardel. A Jorge lo secuestran en Haedo, frente a la estación de tren y le capturan los documentos. Sus compañeros se enteran a la semana, ya que éste no daba señales de presencia. Del grupo de 18 militantes, desaparecen 16 personas. En ese momento, Julio Artiaga era el conductor del barrio y Firmenich de la Juventud Peronista.
A Ricardo “Capi” Moreira lo secuestran el viernes 23 de junio de 1976 a las 3 de la madrugada. Lo sacan de su casa y lo meten dentro de un baúl, encapuchado con una bolsa. Luego lo bajan del móvil y le dicen “no se da cuenta donde está, no se haga el pelotudo”. Estaba en la comisaría del Palomar.
A todos los detenidos les pusieron un número. A Capi le tocó el número cero. Momentos después, lo desnudan, lo ponen sobre una cama de hierro, mientras él preguntaba continuamente “qué van a hacer? Qué van a hacer?”. Al instante, suben el volumen de la radio y le aplican descargas eléctricas. “Si querés hablar, abrí la mano”, le decían, mientras lo ahogaban con una almohada. Cuando habría la mano Capi decía “yo no tengo nada que ver, no se por qué me trajeron”, “no te hagas el pelotudo, en tu casa encontramos máquinas para hacer panfletos. Encontramos muchos panfletos que decían ´Revolución o Patria´”, le respondían. Lo sacan de la sala y, aproximadamente a la media hora, lo vuelven a torturar. Pasó 15 días en esa misma situación.
En un momento le sacan el vendaje, pero le había producido muchas lagañas y no podía ver bien. Lo llevan al hospital Posadas, donde le hacen un lavaje de ojos. Luego lo vuelven a traer. Le hacen el famoso “submarino”, donde le sumergen la cabeza bajo el agua y le dan electricidad al tanque.
Después de Palomar, estuvo 20 días en la comisaría de Hurlingham, donde escucha a alguien que supone era de alto rango militar que dice “todos estos van a Campo de Mayo”, conocido vulgarmente como “el campito”. Definitivamente, los trasladan a Campo de Mayo. Los detenidos se dieron cuenta también que estaban allí porque iban caminando por el medio del campo, en calzoncillos, y sentían los cardos pegándoles en las piernas.
Días después, trasladan a Capi a la Cárcel de Devoto como preso político. Allí había compañeros de todas las provincias y lugares; del Chaco, Santiago del Estero, de la Tablada, de Morón. Separaron a quienes pertenecían a los Montoneros, a los doctores o a los que estaban en la facultad.
Libertad, libertad, libertad.
Desde dentro de la cárcel, los detenidos supieron que Raúl Alfonsín se candidateaba para presidente. Cuando este asume, en democracia, dio la orden que había que dejar libre a todo preso político. A Capi lo liberan el 23 de marzo de 1982.
Una vez libre, se va a la casa de un amigo en Williams Morris, actualmente de la Municipalidad de Hurlingham. “En 1982 todavía habían pequeños rebeldes, militantes”, según palabras de Capi, signo de que la dictadura no pudo callar el grito de liberación.
La vuelta a la política.
Luego de un tiempo, Capi Moreira se va a vivir al Barrio Barrufaldi, en San Miguel. Allí vuelve a trabajar políticamente. Algunos amigos le preguntaban “¿vas a volver a la política?”, a lo que Capi respondía “sí, porque esto no para”. Y así fue. Vuelve a la política junto a Jorge Ottone en 1983, donde forman la juventud denominada “La Rabia de Juan Perón”. Allí comienzan a hacer cuadros políticos con los jóvenes. Con el tiempo, él y Jorge comienzan a trabajar en la Municipalidad de San Miguel, con Remigio López.
En su gobierno, Ortega lo echa. Siguió luchando hasta la actualidad, donde lo podemos ver ayudando en la Municipalidad, junto a sus compañeros Jorge Ottone y Joaquín de la Torre. “Sigo luchando en política para la gente más carenciada, ante todo está la gente carenciada y los niños, la gente que no tiene para parar la olla”, afirma Capi con convicción, “ese es el ideal mío, no quiero ningún cargo político, quiero seguir siendo como soy, la plata que gano la gano trabajando, no quiero que nadie me de nada”, agrega.
Capi ha vivido toda una vida de militancia, siguiendo el legado del General Juan Domingo Perón. “Yo no llevo una camiseta para decir que soy peronista, es un sentimiento que llevo dentro del corazón”, expresaba y añadía que “si algún día debo morir, moriré así, ayudando a la gente, porque la doctrina que me dio Evita y Perón es ayudar a la gente primero y después fijarse en la persona de uno”.
El reconocimiento.
El martes 28 de abril, Capi recibe en el “Encuentro de la Militancia” un reconocimiento por su trayectoria militante y el compromiso con el proyecto nacional y popular. Este reconocimiento a sus 30 años de militancia fue una sorpresa, ya que nadie le había avisado sobre dicho premio. El Presidente de la Comisión de Derechos Humanos, el Concejal Carlos Puricelli Puricelli, le entrega la placa tras un abrazo de compañeros. “Para mí no es un pedazo de papel, sino que el sentimiento se lleva muy profundamente dentro del corazón… es parte de mi vida, empecé a los 16 años, tengo 53 y sigo en la política”, comentaba Capi emocionado.
Tan sólo como anécdota, a Ricardo le decían Capi los 16 compañeros que están desaparecidos. Se juntaban en una esquina, leyendo libros peronistas como “La razón de mi vida” y, en el frío, Ricardo Moreira comía un pedazo de queso con pan. Allí, uno de los compañeros, Juan Godoy, según Ricardo uno de los mejores militantes, le puso el apodo. “Siempre me gustó que me digan Capi, porque quedé detenido por mi apellido y no por mi apodo”, afirmaba. Se podría decir que Ricardo lleva como estandarte la bandera de Perón y Evita, y su apodo como un homenaje a sus compañeros desaparecidos. |